lunes, 2 de julio de 2012

Europa, ¿solución o problema?


Joaquín Javaloys es
 Economista del Estado y
 autor de El Ocaso de las
Autonomías.

Agobiados por la situación económica y financiera de sus países, Rajoy y otros líderes europeos dicen que “la solución es Europa, más Europa”, e impotentes piden que sea Europa la que  rescate de la crisis a los Estados que lo necesiten. Con esa actitud parece que quieren trasladar el problema a Europa. Pero ¿puede y quiere Europa rescatar a los hipotecados países mediterráneos llamados despectivamente PIGS?.


Actualmente una Europa imperfecta y mezquina interviene a España: es la Europa de los tecnócratas y de los mercaderes, que es solamente una Unión Económica entre diversos países europeos.  Efectivamente, tras la segunda guerra mundial algunos estadistas europeos: el francés Schuman, el alemán Adenauer y el italiano De Gasperi, crearon el Mercado Común del carbón y del acero, que se extendía a sus tres países y al Benelux: Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Su intención era la de poner en común intereses industriales y comerciales para beneficio mutuo y para evitar que en el futuro sus Estados quisieran enfrentarse en otra guerra fratricida.

El Mercado Común europeo era dinámico porque se preveía aumentar más adelante los bienes y servicios que iban a circular sin aranceles por el territorio comunitario, así como la instauración progresiva de la libertad de circulación de capitales y de personas. A largo plazo, dichos tres “padres” de Europa aspiraban a la unión económica, política y militar de los seis países fundadores del Mercado Común y de otros europeos, para lo que debían instaurarse órganos de gobierno supranacionales, hasta que por fin se fundasen los Estados Unidos de Europa. Sin embargo, los recelos nacionales hicieron imposible avanzar en la unidad militar y obstaculizaron el desarrollo de la circulación de personas por el territorio comunitario. Solamente la libertad de circulación de capitales avanzó sin cortapisas.


A pesar de las sucesivas ampliaciones de la Unión Económica europea, que cuenta ya con 27 Estados miembros, su órgano ejecutivo superior sigue siendo el Consejo integrado por los primeros ministros de cada nación que se reúnen periódicamente para examinar los asuntos que les presenta la Comisión, que está excesivamente burocratizada. Las decisiones importantes del Consejo han de ser tomadas por unanimidad, lo que ralentiza su toma de decisiones, pues entre los 27 Estados que integran la Unión hay diversidad de criterio sobre cada asunto. Desde luego se echa en falta un Gobierno de la Unión que sea supranacional, con plena capacidad para obligar a los Estados miembros, que suelen tener visiones nacionales o nacionalistas –e incluso antieuropeas- en lugar de continentales europeas. Por su parte, el Parlamento posee todavía pocas facultades legislativas.  El déficit político de la Unión repercute negativamente en la toma de decisiones, que suelen adoptarse tarde y mal, por intentar una búsqueda de consenso entre los países miembros en el seno del Consejo. No existe, por tanto, una verdadera Unión política europea porque no hay un proyecto político común, ni siquiera a nivel confederal. Además, se trata de una Unión Económica incompleta pues no incluye la fiscal y bancaria.


Lo que sí que existe es un Banco Central europeo encargado de una cierta política monetaria y del euro, la moneda común de muchos miembros –no todos- de la Unión que todavía no posee la plenitud de funciones de un Banco central emisor pues, entre otras carencias, no es prestamista de última instancia, lo que se echa mucho en falta en épocas de crisis como la actual.

En definitiva, la construcción de Europa está inacabada, aunque la fachada del  edificio aparezca completa. El fallo de Europa se encuentra en la ausencia de cimientos sólidos capaces de sostener el edificio europeo cuando llegan grandes movimientos sísmicos en los mercados financieros o de bienes y servicios o en la economía global. Más aún, la imperfecta Unión Económica europea tiene más de zona de libre cambio que de verdadera unión económica pues carece de estructura política y, por supuesto, de un sustrato ideológico, como pudiera ser una cultura común o unas creencias semejantes. Para ser miembro de la Unión lo único indispensable es la pertenencia de sus heterogéneos Estados al espacio territorial denominado Europa.

La Unión Económica europea tiene principalmente una finalidad económica, si bien avanza poco a poco en una cierta coordinación política, que es  necesaria para llegar a ser una potencia económica capaz de competir ventajosamente a nivel universal. Esa Unión Económica es la Europa de los tecnócratas y los mercaderes, queno coincide con el proyecto de Unión política en que habría de terminar siendo el proceso de integración que, comenzando por un Mercado Común, programaron los “padres” de Europa: Schuman, Adenauer y De Gasperi.

Ahora, en un mundo globalizado donde la economía real está sometida a las instituciones financieras internacionales o multinacionales que poseen unos capitales que circulan libremente por casi todo el mundo, los países miembros de la Unión europea dependen de la financiación global y no están suficientemente protegidos y amparados por instituciones y organizaciones financieras europeas como el propio Banco Central Europeo (BCE), por lo que dependen excesivamente de los mercados financieros globales, lo que les hace especialmente vulnerables en la actual situación de crisis económica, pues cada país ha de defenderse individualmente, sin suficiente ayuda de la Unión Económica europea e incluso del BCE, a pesar de haber adoptado el euro como moneda en el país. Lo peor es que los dirigentes europeos –que no suelen ser elegidos democráticamente-, en muchos casos sirven mejor a los intereses de los poderes financieros globales, que a lo conveniente a los  ciudadanos de los diversos y heterogéneos Estados miembros, quienes no los eligen ni les pueden pedir rendición de cuentas.

Cuando los mercados financieros acosan dramáticamente a un país superendeudado, que tiene una prima de riesgo excesivamente elevada, el BCE no puede o no quiere ayudarlos en la medida necesaria, y acaban sucumbiendo a la voracidad especulativa hasta que se les rescata dándoles unos préstamos voluminosos que les obligan a amortizaciones y pagos de intereses que resultan muy onerosos precisamente cuando su situación económica es recesiva y los ingresos impositivos disminuyen sustancialmente, lo que provoca un circulo vicioso insoportable, como en el caso de Grecia, que la ha llevado a la conclusión de que tal vez sea peor el remedio llamado rescate que la enfermedad. Pero los países ricos de la Unión Económica europea obligan a los países hipotecados a aceptar tales rescates porque así los Bancos de esos Estados ricos pueden recuperar una parte o todos los créditos que concedieron a los países en quiebra pero rescatados.

Además, cuando lo único que hay que rescatar es el sistema financiero de un país, a sus Bancos, como ocurre ahora en España, la financiación se concede al Estado, pero no a los Bancos directamente; o sea, que aumenta la deuda soberana de España, y en principio son los ciudadanos españoles –no los Bancos en crisis- quienes han de asumir el coste de la financiación rescatadora, lo que llevan a cabo pagando más impuestos, soportando recortes sociales o haciendo copagos de algunos de los servicios sociales que reciben.

Cuando la crisis es muy intensa y prolongada no es uno sino que son varios los países que sucesivamente necesitan ser rescatados. Es lo que ha ocurrido en Europa: Grecia, Irlanda, Portugal, posiblemente España y, poco después, Italia. A medida que son rescatadas más naciones y, sobre todo, cuando se trata de enormes países como España o Italia, el sistema bancario europeo queda afectado gravemente y su moneda, el euro, entra en un proceso de depreciación, que afecta en Europa tanto a los Estados ricos como a los hipotecados. Entonces se pone en cuestión la existencia del euro como moneda común, por la inexistencia de una política económica, fiscal y bancaria común en toda la Unión Económica europea; quedando de manifiesto que la integración y el desarrollo de Europa se está realizando a diversas velocidades, ya que hay países cuya moneda es el euro, mientras que otros siguen con su propia moneda. Además, entre los países del euro hay diferencias sustanciales por el nivel de endeudamiento de cada país y su prima de riesgo. Obviamente la capacidad de endeudamiento y de realizar inversiones productivas no es igual para Alemania, que remunera su bono a 10 años con el 1 % de interés anual, que la de España al 7 %, o la de Portugal o Grecia, al 10-12 %. Con esas diferencias de tipos de interés para financiarse, la velocidad de europeización de Grecia o de España no puede ser la misma que la de Alemania. Por eso la Europa de diferentes velocidades es ya un hecho. En fin, la actual Europa economicista de los tecnócratas y de los mercaderes es insostenible y acabará estallando.

Al final de este proceso, ya no son los países hipotecados solamente los que necesitan ser rescatados, también lo es el propio sistema bancario europeo y hasta el euro tiene necesidad de ser defendido del acoso de los mercados.  Por ello, los europeos debemos plantearnos ya no solo la existencia sino también la conveniencia o no de ese ente geográfico-económico llamado Europa, que carece de un rumbo definido, donde ejercen el poder supremo los egoístas gobernantes de los Estados miembros con la cooperación de unos mediocres burócratas carentes de valores e, incluso, de ideas.

 En definitiva, la tarea que debería llevarse a cabo es la instauración de una verdadera Europa confederal, o sea, un espacio territorial con soberanía política y suficiencia económica para llevar a cabo un proyecto de vida colectiva atractivo, beneficioso y aceptable para sus habitantes y para sus Estados confederados. En esta tarea Europa tiene la ventaja de que, desde la Edad Media, posee una cultura común y unas creencias similares, al menos a nivel sociológico; porque existió entonces un líder carismático, Carlomagno, que supo descubrir e imponer un dinámico denominador común capaz de unir secularmente a todos los pueblos de Europa occidental. Actualmente Europa es un ente a la deriva, por lo que es preciso encontrar líderes políticos capaces de orientarnos hacia un sugestivo destino colectivo común que sea aceptado democráticamente creando una Europa política.

La instauración de una Europa confederal es muy factible. No se trata de una quimera: es suficiente con que unas próximas elecciones al Parlamento europeo sean constituyentes y que los diputados electos elaboren una Constitución que instituya Europa como una Confederación de Estados confederados, similar a Suiza. En esa Constitución habrán de especificarse los órganos de gobierno de la Confederación europea, las competencias que corresponden a la Confederación y a los Estados confederados, la hoja de ruta para la transformación de la Unión Económica europea en esa Confederación y los requisitos que han de cumplir otros Estados europeos no pertenecientes a la Unión Económica europea que quieran integrarse en la Confederación.

Por supuesto la Confederación europea ha de fundamentarse en unos valores que serán un denominador común aceptable por la mayoría de los habitantes de la Europa confederal en referéndum popular. Esta es la cuestión básica que debe ser debatida desde ahora mismo por la sociedad civil europea y por sus entidades políticas o sociales. Para los cristianos esos valores son los que corresponden al cristianismo sociólogico que pervive en ciertos Estados europeos; para otros, la convivencia ciudadana debe basarse en la libertad, la igualdad y la fraternidad; para otros en el liberalismo político y económico; etc..

En fin, mientras que Europa no sea una entidad política soberana, confederal o no, los europeos seguiremos estando avasallados y explotados por los mercados financieros globales, por las grandes potencias y por los Estados más ricos dentro de la Unión Económica europea, que impiden la existencia de los eurobonos para financiar la deuda de todos los países de la Unión. Yo no sé si finalmente esta Europa problemática deberá ser rescatada o no; pero lo que sí tengo claro es que los europeos, ricos y pobres, del Norte o del Sur, queremos ser libres, independientes y capaces de ejercer plenamente nuestros derechos políticos, sociales y económicos en una sociedad culta, democrática y verdaderamente libre -por ser autosuficiente económicamente-, perteneciente a un Estado confederal llamado Europa, heredero y depositario de la secular civilización tradicional europea. Ésta es la Europa de los ciudadanos que tenemos que construir: los Estados Unidos de Europa.¡Ésta nueva Europa sí que sería la solución!.