viernes, 17 de octubre de 2014

HOGAR SOCIAL MADRID - La inmoral moralizante del antifascismo

Me estreno en este blog,  para contribuir a la condena de la ‘tomadura de pelo’ que es el antifascismo español  y la abyecta izquierda en general,  que abunda tanto en nuestro país.

Hoy os hablaré de todas las reflexiones que me han ocupado durante este tiempo desde que vi los percances infligidos al Hogar Social Madrid – Ramiro Ledesma.

Primero nos ponemos en situación: Un grupo de patriotas españoles han llevado una iniciativa social para dar cobertura alimentaria a los españoles más desfavorecidos justificándose en la ingente y excesiva cantidad de ONGs y servicios sociales en los que se da prioridad al inmigrante, dejando a los autóctonos en una situación deplorable. Para ello, ocuparon un inmueble para desarrollar la labor.

En cuanto los antifascistas y demás chusma se percataron del evento, se dirigieron al lugar en cuestión a insultar, intimidar, aterrorizar e incluso a agredir, a aquellos que llevaban a cabo esta noble tarea, excusándose en la discriminación al inmigrante. Una actitud (según ellos), racista, fascista y por lo tanto, condenable.


Esto es sin entrar en detalles, es ‘a grosso modo, el planteamiento inicial del caso.
Mis reflexiones me llevan a la conclusión de que el antifascista  es una persona enferma.
Considero que este altercado deja patente el odio de muchos españoles a los españoles.  La endofobia en su máxima expresión.

Para poder estigmatizar, desprestigiar o criminalizar esta iniciativa, se sirven de todos los tópicos izquierdistas, poniendo en marcha su máquina difamatoria, tal como: racismo, xenofobia, fascismo, nazismo, neonazismo, falangistas…

Y todo ello, con el apoyo la colaboración de los medios de comunicación y de los agentes políticos y no gubernamentales en materia multicultural, globalizadora y antiespañola.

Aquí un ejemplo de colaboración de medios de comunicación: Fijaos como la presentadora, desde el comienzo se lanza sin compasión a por la entrevistada, deslizando una condena moral implícita en sus preguntas: “¿Por qué no dais comida a inmigrantes?” “¿Sois neonazis?” “¿Para ayudar se necesitan armas?”. Lo que no sabía la presentadora es que se iba a presenciar un ataque en directo de un grupo de extrema izquierda… Por supuesto ignorado completamente, puesto que su intención era ¡seguir entrevistando a la chica!

Al margen de ideologías, ayudar a tu gente no sé por qué tiene que estar mal visto o ser una actitud fascista. Así lo entienden los ignorantes de izquierda (valga la redundancia).  Salvando las distancias, ¿me condenaran por ayudar a mis hijos antes que a los del vecino?

Todo esto me llevó a meditar sobre la idiosincrasia antifascista. Es decir, ser antifascista hoy en día hay que odiar el fascismo sin conocerlo. Para ser antifascista hay que imaginar el fascismo como el mal absoluto. Para esta gente, el fascista es su brújula que marca el mal. Aunque para ello muchas veces haya que inventarlo.

En el antifascista la ignorancia es su energía y su sentimiento de superioridad moral aquello que le convierte en un sacerdote moderno, conocedor del Bien y del Mal.

Un antifascista no puede ser demócrata bajo la concepción que esta misma persona le da a democracia, porque si lo fuera no intentaría imponer sus criterios historiográficos, políticos y morales como una verdad absoluta.

Ellos se erigen como abanderados del respeto, aunque te dicen a quién tienes que respetar. Se autoproclaman defensores de la libertad, aunque no te dejen ayudar a quién quieras. Pregonan su pacifismo, aunque si eres señalado como fascista, irán a partirte la cara. Se coronan como adalides de la solidaridad, aunque te dicen con quién tienes que serlo. También hacen lo propio adueñándose de la lucha por la libertad de expresión, aunque te condenen por cómo piensas.

El antifascista español es un payaso con todas sus letras.

Es decir, “la libertad de expresión como derecho, debería consistir en poder expresar libremente todo pensamiento sin que este conlleve condena moral o amenazas hacia quien opina. Opinar libremente debería consistir en opinar y que por ello no te tachen de ignorante, loco o mamarracho.”

Y he aquí la esquizofrenia: ¿Considerarán esto como un ataque racista?Evidentemente NO.

 Ser antifascista es odiar España, amar al de fuera y escupir sobre la bandera de tu patria; Su única premisa es la aniquilación del estado español en pos de un mundo sin identidad, completamente mezclado y desarraigado.

El hombre que defiende valores nacionales, de sangre, de familia, es un hombre anticuado y que puede ser tolerado o no pero siempre visto con cierta pena. La idea de progreso ha convencido a la masa de que avanzar es acabar con todos los elementos que en el pasado... ¿el pasado? ¡No! ¡Con todos los elementos que desde siempre han sostenido, amparado y cohesionado una comunidad concreta en un territorio determinado! 

Aquellos antifascistas que van de ellos mismos y que no dejan de ser subproductos. Esto al final no deja de ser resultado de un inducido vacío en las personas, estrategia inteligente para el sostenimiento de las sociedades de consumo, al ser el consumo lo que llena la vida de los individuos. Ese rol que los medios te suministran no deja de ser algo que te obliga a consumir.

Así surge la tribu urbana: la pose de mantener un rol ha generado sus propias divisiones y elementos que caracterizan a cada cual con unas determinadas señas de pertenencia a.

En las sociedades modernas se han generado los mecanismos adecuados para que aquellas personas que realmente se muestren por sí mismas, transparentes, de la forma más consciente posible, sean señaladas y marginadas. Porque en eso consiste la llamada ‘tolerancia democrática’, en marginar al que piensa diferente. Y si se hace demasiado ruido el antifascista actúa ya que en su cruzada en pos de la libertad te marginará aún más: pues no lo olvides, sólo hay un modelo de libertad, y es el que dicta el ‘régimen izquierdista’. Ese aún más puede ser el tildarte de nazi o de fascista aunque no lo seas. Y aunque no lo seas me refiero a si realmente no procesas la doctrina nacionalsocialista o fascista. Hoy esos conceptos no tienen valor ideológico a vista de quien lo dice para denunciar, sino que son simplemente palabrotas, palabrotas dirigidas a aquel que desobedece el mantra de lo políticamente correcto. Hoy el concepto fascismo y nazi son una palabrota o una forma de denuncia, no es más.

Esta realidad crea una fractura social. Una fractura de ideas, pues existe una consigna; la de atacar a todo aquel que no se ciña al ‘dogma democrático’.

Así nace el antifascista moderno, el luchador todopoderoso por la libertad sintiéndose en la tierra como alguien elegido para llevar una misión: acabar con el fascista. 

 Bajo esta forma de pensar se ha generado la forma perfecta de perro callejero que vela por el sistema democrático y que a la vez piensa que lucha contra el sistema o que es antisistema, en su forma más radical; o la de aquel pseudorevolucionario que hace de la paz una forma de rebeldía y que va a las manifestaciones a que le peguen: un antisistema que no es tal, que es dócil y manejable, y que bajo la represión democrática hará al represaliado sentirse más democrático aún.

Pocos hay que son ellos mismos. Yo tengo claro de qué lado estoy. Estoy al lado de mi patria, que son mis compatriotas en nuestro territorio. De nuestra cultura. Y gracias a ello, me hacen ser lo que soy. De mi pueblo, de mi gente. Y en épocas de necesidad, como la que vivimos, me parece perfecto que se le otorgue prioridad a los nuestros.